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jueves, 3 de marzo de 2016

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida,tengo ganas de atusarme las ideas, de romperme en dos y mirarme por dentro. 

Quiero ver si existe un universo donde mi carne maldita sea pasto de agradecimiento, en vez de cobardía de necios. 


Ellas pasan y no me ven, yo hago como que no las veo, creen que estoy senil y loca, pero atino a discernir lo bueno de lo malo, lo gratificante de lo aciago y muerto, y yo soy eso, solo una voz que clama en el desierto, henchida de orines y excrementos. 


El contacto humano se me hace cuesta arriba y prefiero estar así, viendo la televisión, diosa estática y egipcia , que perdona a los demás la indiferencia que ella misma disfruta. 



Somos órdago de los cielos, somos tufo de miseria , para ellas , que con sus batas blancas , dicen que velan por nuestra ausencia. Llueve fuera, pero no lo oímos porque vegetamos, pasamos las cuerdas del reloj , sin que haya manecillas que nos limiten las ruedas. 


Rodamos de un lado a otro de la sala, para caber todos, los lisiados, los retrasados, los descerebrados y hasta algunos desgraciados, que están aún cuerdos. 


Rodamos como las gotas de lluvia , por los ventanales que traen ecos de otra vida que fue y que se nos fue, como la lluvia , envenenada en amargos charcos , negros y viscosos. Llueve, bendita tragedia.


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