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viernes, 4 de marzo de 2016

LA OLLA

No teníamos nada para echar a la olla

pero aún así la pusimos al fuego. 

Con el agua burbujeando los niños no lloraban de 

hambre. 

Luego fueron llegando. 

Una trajo una patata. 
Otra una cebolla y una zanahoria. Otra una carcasa de pollo, salada y seca.
María la maña, un pimiento de pique, una hebra de azafrán y la nueva de que Juan salía pronto porque los bronquios le mataban. 
Las otras se alegraron , a pesar de que lucían las caras tristes de la ausencia de hombre. 
Cuando llegó mi madre, todas gritaron...
¡Traía bajo la mantilla de lana, escondidos, un cuarto de aceite de oliva y tres puñados grandes de lentejas!. 
"El tendero- dijo con voz entrecortada- que le ha tocado lo que sorteábamos y ha querido compartirlo". 
Cuando lo echamos a la olla, los niños ya reían. En sus mejillas se presentía el rosado de la cocción, al olor de lo bueno. 
Luego la hermandad hizo el resto... Cada cucharon que salía de la olla, era una promesa de futuro. 
Ese día sobrevivimos para contarlo y sobre todo para aguardarlos a ellos, a los que amábamos tanto.  

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